Una epidemia de chikunguña, surgida en julio en el occidente de Cuba, se ha extendido por toda la isla en medio de la grave crisis sanitaria y económica que atraviesa el país. Los contagios se han disparado en las últimas semanas, afectando a comunidades que viven entre apagones, escasez de alimentos, falta de medicamentos y acumulación de basura.
En barrios como Jesús María, en La Habana Vieja, prácticamente “todo el mundo” ha enfermado, según vecinos que aún sufren fuertes dolores articulares. La enfermedad, transmitida por mosquitos, presenta fiebre alta y malestar severo, y se suma a otros brotes activos en la isla como dengue, zika, oropouche y fiebre amarilla.
El Ministerio de Salud Pública reporta más de 47.000 casos en una semana, el doble de la anterior, aunque reconoce que las cifras reales son mayores debido a pacientes que no acuden a consultas. Las autoridades estiman que cerca del 30% de la población ha contraído chikunguña o dengue.
La falta de recursos ha limitado la fumigación y otras medidas de control, mientras el huracán Melissa agravó la situación en la zona oriental al dañar más de 600 centros de salud. El brote, que no tiene fallecidos oficiales hasta ahora, mantiene a 20 personas en estado crítico.
La epidemia golpea a una Cuba debilitada por la falta de transporte, la migración masiva y el deterioro de los servicios públicos. Muchos ciudadanos, como Pedro González, aseguran no poder trabajar debido a las secuelas de la enfermedad.

